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EVOLUCIÓN HISTÓRICA DE LA MASONERÍA ESPAÑOLA ..... y 3

MITOS Y LEYENDAS

3Más bien da la impresión de que no existía una masonería propiamente española, pues tanto la Logia Constitucional La Reunión Española, de A Coruña, en 1814, como su derivación en 1817 Los Amigos del Orden, o Los Comendadores del Teide, de Santa Cruz de Tenerife, ese mismo año, o la logia Los Amigos Reunidos de la Virtud, fundada en Madrid, en 1820, a pesar de estar integradas todas ellas exclusivamente por españoles,

sin embargo piden su regulación al Grande Oriente de Francia, como si en esos momentos no existiera ninguna Gran Logia o Gran Oriente Español. Más aún, entre los integrantes de esta última madrileña encontramos a los tenientes generales José Zayas y Eugenio Portocarrero, conde de Montijo, así como a su hermano Cipriano Palafox, conde de Teba. La presencia del conde de Montijo en una logia madrileña que solicita su regularidad del Grande Oriente de Francia viene a echar por tierra otro de los mitos de la masonería española.

Pues la historiografía masónica de finales del siglo XIX, obsesionada por buscar héroes nacionales o figuras destacadas a quienes vincular la dirección de la masonería, de la misma manera que se inventó la figura del conde de Aranda, como presunto fundador del Grande Oriente Español, adjudicó su sucesión en dicho cargo al conde de Montijo.

Sin embargo difícilmente pudo éste -que entonces se llamaba Felipe Palafox- suceder a Aranda en 1789 y estar al frente del Gran Oriente Español hasta 1820, pues murió en 1790, y no hubo conde de Montijo hasta 1808 en que falleció la condesa, quien era la que llevaba en realidad el título. Su hijo -hasta entonces conde de Teba- le sucedió como conde de Montijo, pero en 1789 no sólo no era todavía conde de Montijo, sino que sólo tenía 17 años.

En 1821, siguiendo la trayectoria de distorsión de los hechos, será el popular general Riego el que sustituya al Conde de Montijo como Gran Maestre del Gran Oriente Nacional, cargo que desempeñaría hasta su muerte en 1823, fecha en la que casualmente queda interrumpida la lista oficial de Grandes Maestres hasta 1829 en que se adjudica dicho cargo nada menos que el infante don Francisco de Paula de Borbón, según señala -entre otros- Nicolás Días y Pérez. Tampoco está clara la cuestión de Riego y la del infante. Heron Lepper lo considera más propaganda política que historia. Ya que es a partir de 1870 cuando se elevan a categoría de héroes nacionales una serie de figuras, entre ellas Aranda, Montijo y Riego que fueron apropiados por una historiografía tendenciosa dentro de la misma masonería ávida de encontrar grandes figuras con que engrandecer su pasado.

Según la historia oficial del Grande Oriente Español, a partir de la revolución de 1820 la masonería quedaría dueñadel Gobierno y de la Administración. Para ser ministro y obtener cualquier cargo político sería preciso pertenecer a la masonería. Pero pronto -añaden- hubo una escisión dentro de la Orden cuando en 1821 nació una nueva sociedad, que bajo el nombre de asociación de los caballeros Comuneros, se presentó como la reforma de la masonería.

Una tercera sociedad hará igualmente acto de presencia en 1821: la de los Carbonarios, que sólo admitía en su seno a los revolucionarios más pronunciados y atrevidos. Los carbonarios acabarían colaborando en gran medida con los Comuneros, a pesar de que siguieron conservando sus ritos particulares.

Pero lo únicamente cierto es que de este período no son muchas las noticias documentales propiamente masónicas.

FERNANDO VII Y LA MASONERÍA

Al implantar Fernando VII la década absolutista se abolieron la mayor parte de las disposiciones adoptadas en el período anterior, iniciándose una dura represión de los liberales. Consecuente con esta trayectoria, en la que hubo una fácil identificación de masonismo con liberalismo fueron no menos de catorce los decretos y prohibiciones de la masonería hechos por Fernando VII, con lo que la legislación antimasónica en este reinado fue quizá la más dura y prolongada de la historia de España, sólo comparable a la llevada a cabo durante la dictadura de Franco.

De hecho esta actitud ofensiva de Fernando VII contra la masonería fue hábilmente explotada por no pocos de sus políticos e informadores de oficio que le hacían llegar exposiciones, discursos, cartas reservadas, edictos de otros países, etc., en los que se aprecia una mezcla de intereses políticos y religiosos, de identificación de jacobinos, liberales, afrancesados y masones; así como de la defensa del trono y el altar frente a los conspiradores revolucionarios de las sociedades secretas.

A esto hay que añadir la literatura antimasónica que tanto proliferó en esta época, defensora de la tradición y del catolicismo, y desveladora de todo tipo de "complots" revolucionarios.

AMNISTÍA Y DECADENCIA DE LA MASONERÍA

Con la muerte de Fernando VII en 1833 parece ser que aflojó algún tanto la persecución de la masonería, sin que ésta dejara de ser, sin embargo, una sociedad secreta, y por lo tanto, oficialmente prohibida. En este sentido, el 26 de abril de 1834, la Reina Gobernadora, dio en Aranjuez un Real Decreto amnistiando a los masones y facultándoles el acceso a los cargos públicos, condenando, sin embargo, a quienes siguieran perteneciendo a sectas secretas después de esa fecha. A partir de este momento la masonería en España, entra en franca decadencia.

No obstante se suele señalar esta época como el momento de la fusión de un supuesto Grande Oriente Nacional de España con otro igualmente supuesto Grande Oriente de España, siendo designado como Gran Maestre y Gran Comendador el ya citado infante de España, don Francisco de Paula Borbón -en cuyo cargo estaría hasta 1845-, lo que no deja de ser llamativo o sospechoso a la vista del decreto de la Reina Gobernadora de 1834 por el que se condenaba a todos los que en adelante pertenecieran a sociedades secretas, contribuyesen con fondos o ayudasen de cualquier modo a su propagación y sostenimiento. Tanto más que los infractores quedaban sometidos, entre otras penas, a la pérdida definitiva de sus empleos, sueldos y honores, y al encierro en un castillo o fortaleza de dos a seis años, si se trataba de los jefes, y al destierro para todos los demás, por el mismo tiempo. Los eclesiásticos serían recluidos en un convento, y los que alquilaran o prestaran sus casas para reuniones de sociedades secretas podrían ser multados con hasta 12.000 reales de vellón aplicados a establecimientos de beneficencia. Pero, por si esto fuera poco, hoy día consta que don Enrique fue iniciado en la masonería durante su exilio en París, en la logia Henri IV, nada menos que el 14 de marzo de 1868, con lo que difícilmente pudo ser Gran Maestre de la Masonería Española antes de 1845, cuando ni siquiera era entonces masón.

De hecho, tras esta aparente amnistía, se siguió una política de persecución y prohibición que hizo muy difícil la vida masónica en España. Razón por la que la única tentativa que se conoce de reorganización de la masonería española se hizo desde el extranjero, a partir de 1838, cuando Pedro de Lázaro y Martín, simbólico Padilla, funda en Lisboa un Grande Oriente Nacional de España, del que se conocen al menos tres logias de su dependencia, en Granada, Barcelona y Bilbao, así como un intento de abrir otra en Vitoria.

Según la propia historia "oficial" de la masonería española, se dice que hacia el año 1846 se creó un Gran Oriente "que según unos escritores llevó el título de Hespérico, y según otros, el de Oriente Español, cuyo fundador y organizador sería el historiador Carlos Celestino Magnan; si bien en 1848 ya estaba disuelto este Gran Oriente.

Sin embargo, en la Biblioteca Nacional de París se conserva un ejemplar, impreso en 1843, de los "Estatutos Generales de la Masonería Hespérica Reformada" que lógicamente hacen referencia indirecta a una Masonería Hespérica anterior a la reforma y cuyos antiguos Estatutos quedan derogados en el artículo 236. Pero no disponemos, de momento, de más noticias o informaciones relativas a estas dos masonerías, la Hespérica y la Hespérica Reformada. Según se deduce del texto de los Estatutos esta Masonería Hespérica Reformada estaba constituida -o mejor dicho pretendía constituirse- en base a una logia Madre Metropolitana con el título distintivo de Amigos del Hombre.

A partir de este momento empieza un período confuso sobre el que ni siquiera las propias historias masónicas se ponen de acuerdo y sobre el que existe muy poca documentación, si bien hay constancia de la existencia de una serie de logias, especialmente en Barcelona, Cádiz y Gijón. La mayor parte de ellas dependían de obediencias masónicas extranjeras, como las logias San Juan de España y La Segesse, de Barcelona, y Los Amigos de la Naturaleza y la Humanidad de Gijón auspiciadas por el Grande Oriente de
Francia; La Verdadera Iniciación, de Barcelona, por el Grande Oriente de Uruguay; El Faro del Progreso de Barcelona, por el Grande Oriente Lusitano; y la Moralidad y Filantropía de Cádiz, por la Gran Logia Unida de Inglaterra.

De estas se hizo la más famosa la San Juan de España, de Gracia (Barcelona), pues fue denunciada a la policía siendo sorprendida el 18 de abril de 1853. Todos sus miembros fueron presos y posteriormente juzgados. Considerando que la logia de Gracia era una sociedad secreta no autorizada por las leyes españolas, fueron condenados, el "venerable" de la logia a siete años de prisión mayor, y los once restantes a cuatro años de igual prisión. Todos los condenados serían indultados algún tiempo después por la reina Isabel II.

 

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